Abrí la puerta que no quería y pagué las consecuencias. No es que fuera cobarde, debo aclararlo antes de que me etiqueten sin ni siquiera escuchar la historia…
El frío de noviembre no era el habitual, en mi pueblo acostumbrábamos aún estar en manga corta para estas fechas. Este año no era lo habitual. Los vientos del norte llegaron antes de lo previsto y con ello un cambio de humor en las personas. Sí, todos éramos otros. No es broma.
La primera vez que lo noté fue con la señora Flora, la elegante del pueblo que se distinguía siempre por su buen proceder, pero el adelanto del invierno la convirtió en todo lo contrario.
Caminaba tranquilamente rumbo a la tienda “La Astillita” cuando topé con ella. Un saludo cordial y ella se me abalanzó como animal enrabiado. No tuve tiempo de nada. Arañazos por aquí, bofetadas por allá, nada podía hacer más que esquivarlos, era una mujer a la que jamás podría devolverle un golpe. Un grito desesperado la calmo.
- Flora, ya basta. Ese muchacho no te ha hecho nada.
Su marido, un hombre de finas facciones y flaco como un palo, la separó de mi.
- Disculpe, se me ha enfermado mi mujer. Tomó un té que le quitaría el dolor de espalda pero sólo la ha alterado. Ya me la llevo al doctor.
Mientras justificaba la actitud de su mujer, yo me incorporaba con media paliza en el cuerpo y aún esquivando las patadas que lanzaba la mujer enardecida que apenas y pudo ser sometida por aquel pobre hombrecillo.
Ambos se alejaron. Me disponía a pensar si un té tendría esos efectos en una persona cuando Don Nicolás se acercó a mí apareciendo de yo que sé de que parte y me dijo:
“Que se lo crea su abuela. Esa señora ha sido cambiada”.